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Se necesitan verdaderos maestros, dentro y fuera del aula.

junio 22, 2013

Dr. David Escobar Galindo – Exalumno Garciísta.

Este día es 22 de junio, Día del Maestro. Y las imágenes rememorativas se aglomeran en la memoria. Allá, en mi Colegio García Flamenco, en los tiempos en que yo cursaba mi instrucción primaria y mi instrucción secundaria, la conmemoración del Día del Maestro era una oportunidad de reconocimiento entrañable. De seguro cada quien recuerda a sus maestros con particulares variantes del sentimiento, y yo a los míos los rememoro con verdadera devoción, porque fueron eso –maestros— en el más prístino sentido del término. Recuerdo, como si lo estuviera oyendo, que don Saúl Flores nos puntualizaba con frecuencia, bien en la cátedra, bien en su acogedora casa en la 15ª. Calle Oriente, allá por la Colonia Santa Eugenia, que es muy diferente ser maestro que ser profesor. El profesor transmite conocimientos; el maestro da orientaciones de vida. Lo ideal, desde luego, es que el profesor sea a la vez maestro.

En el país hemos tenido, a lo largo del tiempo, grandes maestros, muchos de los cuales han dejado extraordinarios testimonios escritos de su visión y de su función. Desafortunadamente, por esa tendencia perversa que nos domina a ir dejándolo todo en el camino, los ejemplos se herrumbran y las obras concretas se asfixian en los estantes olvidados. En esta oportunidad recordamos al doctor Darío González, vicentino de origen y médico predilecto de Gerardo Barrios, que fue figura estelar de la intelectualidad salvadoreña del siglo XIX y maestro de maestros.

Su obra “Nociones de Pedagogía en pequeñas lecciones” fue publicada, en segunda edición, en Guatemala, en octubre de 1899, y con destino a servir de texto en los establecimientos de enseñanza del hermano país. Dicha obra venía de recibir diploma y medalla de oro otorgados por el Gran Jurado de la Exposición Centroamericana de 1897.

Ese trabajo de don Darío González, que debería ser reeditado cuanto antes, es una exposición sucinta y elocuente del ser y del hacer del maestro. De seguro, más de un siglo después —¡y qué siglo!—, hay ideas nuevas y proyecciones diferentes, pero lo esencial nunca muere. Dice don Darío, entre mil otras cosas, por ejemplo: “El hombre tiene un fin, que consiste en la conservación y extensión de la vida en toda su plenitud o intensidad. Para lograrlo debe desarrollar y cultivar todas sus facultades de una manera integral y armónica por medio de la educación. De suerte que la educación tiene por objeto inmediato este desenvolvimiento de la naturaleza humana y por objeto final la perfección del hombre”. Aunque aquellos intelectuales decimonónicos –como González o su gran amigo Galindo, mi bisabuelo— se inclinaban al libre pensamiento, lo que se me viene al instante es el mandato abarcador que lanzó Jesús frente a las aguas del Mar de Galilea, en el Sermón de la Montaña: “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto”. Tarea inexcusable de la educación que quiera merecer el nombre de tal.

Luego, siguiendo al chileno Valentín Letelier, según lo expone en su “Filosofía de la Educación”, don Darío divide ésta en tres áreas complementarias: educación natural, educación refleja o social y educación sistemática. La primera proviene de la misma Naturaleza: lo que somos y lo que nos rodea. La segunda es la que va surgiendo del trato con los demás, en las infinitas formas y matices que el vivir le va presentando a cada uno. Y la tercera es la educación que llamamos formal, aunque siempre va más allá de las formas, y por eso es más propio el término sistemática. Enumera don Darío los principios generales de la educación, según el pensamiento del pedagogo español Mariano Carderera, en su obra “Principios de Educación y Métodos de Enseñanza”, de 1881, destinado a las Escuelas Normales: “1º. La educación desenvuelve las facultades, no las crea; 2º. La educación supone el conocimiento del desarrollo de la naturaleza humana; 3º. La educación debe seguir la marcha de la naturaleza o las leyes del desarrollo de las facultades; 4º. La educación debe conservar la armonía en el desarrollo de las facultades; 5º. La educación debe dirigir las facultades a un fin común: la perfección del hombre”. Resulta clarísimo que educar es muchísimo más que la transmisión mecánica de conocimientos, por actualizados y de punta que estos sean. La educación es función de vida, personalizada y constructiva. Si no es así, ¿para qué sirve?

El maestro que quiera serlo en serio y en cumplimiento de su propia razón de vida, tiene que asumir su tarea como una ciencia y como un arte a la vez. Más que un empleo, es una misión. Y, sin descuidar los estímulos materiales indispensables, lo que se requiere en lo básico es reponer la profesión de maestro en el sitial irradiador que por derecho le corresponde.

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