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NO SE TRATA DE LEER, SE TRATA DE COMPRENDER

marzo 4, 2015

Por: Mauricio Paredes Salaüe

En la actualidad hispanoamericana vivimos un panorama complejo en que muchos niños no son capaces de comprender lo que leen. Saben leer pero no entienden, no son capaces de inferir, deducir, proponer hipótesis y mucho menos reflexionar frente al texto leído.

Los motivos por los que les cuesta leer, leen mal o definitivamente no leen son diversos; sin embargo, un aspecto interesante es que los niños están muy bien preparados para memorizar contenidos pero se muestran muy débiles al momento de reflexionar de manera crítica. ¿Por qué? Es muy factible que un factor que incida sea el tipo de evaluación que se les hace, en la cual ellos saben que solo les preguntarán datos específicos y por ello se preparan memorizando. Nada más lejano al goce estético.

Siguiendo esta línea de pensamiento, un indicador casi omnipresente es la dificultad para concentrarse, tanto de niños como de adultos. Una de las razones centrales de esto es la sobrecarga de estímulos que reciben constantemente, lo cual impide que tengan la suficiente serenidad y paz mental como para sumergirse en una historia, abstraerse del entorno y vivirla como si fuera una experiencia propia.

Los seres humanos funcionamos sobre la base de estímulos, tanto externos (vista, tacto, olfato, gusto, audición) como internos (razonamiento, pulsiones, emociones, sentimientos). El estímulo es decodificado por el cerebro y se transforma en información. Somos grandes recolectores de datos. Esto lo vemos con claridad en los niños que se fascinan con libros informativos de dinosaurios, sobre los egipcios, etc. También en los jóvenes que son verdaderas bases de datos de trivia.

Idealmente, la información se procesa a través de las funciones ejecutivas de la mente y se transforma en conocimiento. Aquí está uno de los grandes problemas. Muchos niños y jóvenes no logran convertir los datos en conocimiento; por lo tanto, se quedan en un estado de superficialidad.

Un catalizador —o inclusive factor primordial— para que la información se transforme adecuadamente en conocimiento es que el niño sienta placer. Entonces, es lógico pensar que este es anterior a la comprensión. El placer lleva al entendimiento y, luego, la satisfacción de haber comprendido produce placer, generándose así un círculo virtuoso, el cual se aprecia en los grandes lectores.

Cada vez que leemos una palabra, una oración, un párrafo o un libro completo, estas funciones ejecutivas se encargan de dar coherencia a lo leído y así podemos obtener conclusiones, realizar intertextos o transferir dichos conocimientos a otras áreas de nuestra actividad intelectual.

De todas las funciones ejecutivas, hay una particularmente interesante: la inhibición, la cual impide que nuestro curso de pensamiento se desvíe de su propósito inicial, es decir, evita, entre otras cosas, que nos distraigamos.

¿Cómo podemos ayudar a que los lectores manejen adecuadamente su inhibición? Lo primero es darles el entorno adecuado. El lugar donde el niño lee es fundamental, ya sea el salón de clases, la biblioteca o alguna habitación en su casa. Las condiciones deben favorecer la serenidad, la comodidad y, sobre todo, el placer. Un ejemplo es el sonido. Hay personas que leen muy bien con música, otros necesitan silencio, pero a nadie le gusta leer con ruido.

No hay una regla única y se debe analizar caso por caso, pero un aspecto importante que se debe recordar es que los niños y jóvenes nativos digitales no son multitarea, como se ha tratado de esparcir viralmente. De hecho, los que se definen de esa manera tienen mucho más bajo desempeño en hacer múltiples tareas que aquellos que se autodenominan como de una sola.

El ambiente de la lectura debe pensarse globalmente, es decir, tomando en cuenta toda la vida del lector; por ello, se debe ir afinando el criterio para recomendar libros para cierta edad o cierto estado anímico. Esto mismo se aplica al momento del día en que se lee. Hay personas que se concentran mejor en la mañana y otros en la noche. Pero ya sean alondras o búhos, todos están regidos por el ciclo de sueño y vigilia. Es esencial que los niños tengan un sueño placentero y reparador. Los psiquiatras señalan que el sueño es la mitad de la salud mental de una persona. Con mayor razón, entonces, se aplica a la capacidad de concentrarse y disfrutar de un libro. A todos nos ha pasado que estamos tan cansados que no podemos entender siquiera un párrafo de lo que estamos tratando de leer.

La ansiedad es una gran enemiga de la concentración, y con esto estamos hablando del mundo interior del niño. Hoy en día hay muchos niños en un estado de ansiedad extrema. Se angustian, se preocupan, sufren. Los psicólogos laborales nos enseñan que para bajar la ansiedad es fundamental separar el trabajo de la casa y no llevarse asuntos pendientes al hogar. ¿Entonces por qué a los niños se les dejan en el colegio tareas para la casa? Es para meditarlo.

La lectura tiene un beneficio en relación directa con el hecho de ser un remanso frente a la vorágine de estímulos que nos rodean hoy en día. Es lineal. Es decir, un acontecimiento va sucedido por el siguiente, una palabra va después de la otra. Eso genera un estado mental de gran placidez. Hay personas que salen a trotar, unos meditan, otros leen y unos hacen todas las anteriores. El común denominador es la placidez mental, el despejarse de las complicaciones y el alejarse de la rutina para abstraerse en un recreo cognitivo espiritual.

fuente: colgadodelalectura.com

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